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Adner Valle

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Análisis editorial

La OMPI clasifica la inteligencia artificial como capacidad “fuera de alcance” para México

Qué mide el Innovation Capabilities Navigator de la OMPI, por qué deja la inteligencia artificial fuera del alcance de México y qué implica para la política de propiedad industrial.

El 13 de julio de 2026 la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) puso en línea el Innovation Capabilities Navigator, la capa interactiva del Innovation Capabilities Outlook 2026, y con ello volvió consultable, país por país y campo por campo, un diagnóstico del que ya había escrito hace algún tiempo. En el perfil de México, el campo denominado “AI and Machine Learning” —inteligencia artificial y aprendizaje automático— aparece clasificado como out of reach, es decir, fuera de alcance. Esta es la lectura que arroja un instrumento construido por la OMPI junto con el Growth Lab de la Universidad de Harvard, dirigido por Ricardo Hausmann, sobre datos que abarcan de 2001 a 2023.

En abril de este año sostuve que el problema mexicano frente a la inteligencia artificial no es la falta de una ley sino la falta de una estrategia tecnológica, y que, si repetía su patrón histórico, México terminaría legislando para contener riesgos de tecnologías que no produce. El Navigator de la OMPI convierte esa tesis, que entonces defendí con argumentos de política pública y con la cronología de un Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI) que tardó treinta y tres años en incorporar la transferencia tecnológica a su mandato legal, en un dato verificable.

Qué mide el Outlook y en qué se aparta del Índice Global de Innovación

El Innovation Capabilities Outlook 2026, que la OMPI presentó en Ginebra el 29 de enero de 2026 y cuya autoría reúne, bajo la dirección general de Daren Tang y la dirección adjunta de Marco Alemán, la supervisión de Carsten Fink como economista jefe y de Hausmann, y un equipo encabezado por Julio Raffo y Muhammed A. Yildirim, no cuenta insumos ni productos de innovación como lo hace el Índice Global de Innovación. Mide el repertorio de capacidades de una economía —cuántos campos domina y qué tan complejos son— y la proximidad entre esos campos, esto es, qué tan cerca está cada país de dar el salto a un campo nuevo a partir de lo que ya sabe hacer. Analiza dos mil quinientos ocho campos agrupados en cuatro dimensiones: ciencia, medida con publicaciones científicas indexadas en Scopus a través de la base OpenAlex, tomando el diez por ciento más citado; tecnología, medida con familias internacionales de patentes concedidas que buscaron protección fuera del país de origen, combinando bases de la OMPI y el PATSTAT de la Oficina Europea de Patentes y clasificadas por código IPC a cuatro dígitos; emprendimiento, medido con registros internacionales de marca del Global Brand Database agrupados mediante algoritmos de conglomerado y no solo por la Clasificación de Niza; y producción, medida con exportaciones manufactureras de la base COMTRADE de la Organización de las Naciones Unidas.

El Índice Global de Innovación, que en su edición 2024 ubicó a México en el lugar cincuenta y seis de ciento treinta y tres economías y en la de 2025 lo situó en el cincuenta y ocho de ciento treinta y nueve, pregunta si un país tiene los ingredientes de la innovación y si los convierte en resultados. El Outlook, para efectos de política tecnológica, revela algo igual de importante: dado lo que un país ya domina, ¿qué campos nuevos están a su alcance y cuáles no? La respuesta se organiza en cuatro categorías —establecida, en riesgo, al alcance y fuera de alcance— que descansan en dos ejes que las notas técnicas del reporte sí documentan: la viabilidad, entendida como la cercanía o relatedness de un campo respecto de las capacidades que el país ya tiene, y el atractivo, entendido como la complejidad del campo, que es donde el propio reporte sitúa las recompensas cuando advierte que “relatedness indicates the probability that an economy will master a given field, and complexity represents potential rewards”.

El retrato de México: alta diversidad, baja complejidad

El retrato que el Navigator hace de México se resume, en las propias palabras del instrumento, como “a large innovation ecosystem with high diversity of low complex capabilities”: un ecosistema grande, con alta diversidad de capacidades de baja complejidad. Traducido:

México hace muchas cosas, pero pocas difíciles.

En el dominio de tecnologías de la información y las comunicaciones, que agrupa treinta y dos campos, México tiene cero capacidades establecidas y cero al alcance; los treinta y dos están fuera de alcance, y entre ellos está la inteligencia artificial, cuyo rango de complejidad ronda el puesto mil doscientos sesenta de la escala global. En semiconductores y óptica, dieciséis campos, la fotografía es idéntica: cero y cero, los dieciséis fuera de alcance. En biofarma, veintiocho campos, México tiene una sola capacidad establecida, y es la conservación de alimentos.

México ensambla, pero México no inventa

Donde el país sí acumula capacidades, estas confirman su naturaleza. En maquinaria y transporte, un dominio de producción con ciento sesenta campos, México tiene cincuenta y cuatro capacidades establecidas, todas de baja complejidad: automóviles de pasajeros, autopartes, camiones, motores eléctricos, transformadores, cable y alambre. En alimentos, bebidas y tabaco —dominio que el instrumento clasifica como emprendedor porque lo mide con marcas—, veintitrés capacidades establecidas, otra vez de muy baja complejidad. El patrón es inequívoco: México ensambla, pero México no inventa. El propio reporte, al caracterizar a América Latina y el Caribe, describe un sistema movido por la ciencia y la producción que, según su texto, “struggle[s] to translate these into entrepreneurial ventures and technological breakthroughs” —que batalla para traducir esas fortalezas en emprendimientos y en rupturas tecnológicas—, y remata con una comparación que duele por su sencillez:

“Japan demonstrates five times Mexico’s diversity despite a similar demographic scale”, esto es, Japón exhibe cinco veces la diversidad de México pese a una escala demográfica semejante.

El margen está en la diversidad, no en el volumen

En mi publicación anterior propuse multiplicar por cinco las patentes de residentes. El Navigator sugiere que esa no es la palanca principal. El potencial de relevancia de México —cuánto pesa el país en el volumen global de innovación— apenas sube de un 0.79% actual, que ya venía de un 0.76% en el pasado y ubica al país en el ranking veinticuatro, a un potencial de 0.82%, un margen casi nulo. En cambio, el potencial de diversidad casi se duplica: de un 12.1% actual, con ranking cincuenta y nueve, a un potencial del veintitrés por ciento. Dicho de otro modo, el margen de mejora de México no está en producir más de lo mismo, sino en ampliar el repertorio de capacidades hacia campos vecinos que hoy no ocupa.

La sofisticación cuenta una historia parecida y preocupante: hoy en 43.4%, con ranking cincuenta y cuatro, cuando en el pasado estaba en cuarenta y cuatro por ciento. Tanto la diversidad como la sofisticación retrocedieron en diez años. El pathway que el instrumento asigna a México, “Breaking Out” —cuya glosa reza que “deep expertise is opening doors to new complex fields”—, describe precisamente esa apuesta: la vía de México pasa por diversificarse hacia lo adyacente, no por engrosar el volumen de un puñado de campos.

Esto no significa que multiplicar las patentes de residentes sea un error; significa que es un indicador de resultado, no una estrategia, y que perseguirlo sin ensanchar antes el repertorio de capacidades es confundir el efecto con la causa.

Lo que el Navigator no mide

Queda además una advertencia que se desprende del propio instrumento, que la inteligencia artificial figure “fuera de alcance” no quiere decir que en México no se escriba software, ni que no haya ingenieros mexicanos brillantes en la materia; quiere decir que México no aparece con ventaja comparativa revelada en familias internacionales de patentes de ese campo, que es lo que el instrumento mide. Y que México tenga densidad en la dimensión emprendedora no habla de su producto interno bruto ni de su empleo, sino de registros de marca en el Global Brand Database. El Navigator mide repertorio y proximidad de capacidades tecnológicas, no bienestar ni actividad económica agregada. Confundir ambas cosas sería el tipo de error que el propio reporte, con su hallazgo de que solo el diez por ciento de las economías cumple su potencial tecnológico y con su estimación de que el mundo subdesempeña unas trescientas treinta y nueve mil innovaciones tecnológicas al año —un veintiséis por ciento del total, según la Tabla 3.4 del reporte—, procura evitar.

Qué significa para la reforma a la LFPPI

Lo que todo esto significa para la reforma a la Ley Federal de Protección a la Propiedad Industrial (LFPPI) de abril de 2026 es lo más relevante para quienes litigamos y asesoramos en este campo. Los plazos máximos de resolución —cinco meses para marcas, un año para patentes desde que inicia el examen de fondo—, las casi quinientas nuevas plazas de examinadores que el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, anunció el primero de junio de 2026 al nombrar a Vidal Llerenas Morales al frente del IMPI en relevo de Santiago Nieto, y el Comité Técnico Especializado de resolución obligatoria son, todas, mejoras a la tubería. Aceleran el flujo de expedientes, sin embargo, no crean una sola capacidad tecnológica.

Ya sostuve, al analizar los Lineamientos de ese Comité, que un órgano sin criterio sustantivo difícilmente destrabará el rezago; el Navigator agrega una capa más honda a esa crítica, pues aun cuando el IMPI resolviera cada expediente en tiempo récord, seguiría procesando, sobre todo, patentes extranjeras y marcas de baja complejidad, porque eso es lo que el repertorio del país produce. Modernizar la ventanilla de registro de una economía que no domina las tecnologías complejas es indispensable, pero no debe confundirse con política de innovación.

Innovador o imitador

Devuelvo, para cerrar, la pregunta de mi publicación anterior. ¿Innovador o imitador? La respuesta numérica que ofrece el Navigator es menos épica de lo que el debate mexicano suele buscar y, por eso mismo, más útil. México no está condenado a la imitación, pero tampoco va a saltar a la inteligencia artificial de invención por decreto, porque ese campo, hoy, le queda estructuralmente lejos. Donde sí tiene campos al alcance —catorce dominios con oportunidades, encabezados por las ciencias agrícolas y ambientales, con doce campos a la mano, y por maquinaria y transporte, con siete—, la política de propiedad industrial no está mirando. Ahí, y no en la carrera por regular lo que no producimos, está el margen que los datos de la OMPI dejan a la vista.

Este texto es un análisis editorial y no constituye asesoría jurídica para un caso concreto.

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