Roma
Memoria contenida. Arqueología del primer desplazamiento.

Soy viejo ahora, mis manos tiemblan como las hojas secas cuando sopla el viento áspero del otoño, y mis ojos ya no logran percibir el mundo con la claridad cristalina de mis primeros años. Sin embargo, existen recuerdos que ni el peso aplastante de los años ni la voluntad de los propios dioses pueden borrar, memorias que permanecen atrincheradas en la mente, ardiendo tan vivas y obstinadas como el fuego perpetuo en el altar de Júpiter.
Yo era joven entonces, apenas un siervo de la tinta, un escriba menor que se ganaba el pan copiando los encendidos discursos para los senadores y llevando las cuentas interminables de los comerciantes en el bullicio del Foro. Roma era poderosa, orgullosa... creíamos que era eterna. Nadie imaginaba, bajo la luz de aquellas antorchas, que el destino de la República ya caminaba entre nosotros, respirando nuestro mismo aire.
Y mucho menos podíamos sospechar que, aquella misma noche, llegarían hombres que no pertenecían a ningún reino conocido de la tierra. No cruzaron las pesadas puertas de la ciudad, no remontaron las aguas oscuras del Tíber en galeras extranjeras, ni marcharon levantando el polvo de la Vía Apia como lo hacían las legiones. Aparecieron de la nada, como si los dioses hubieran rasgado la bóveda del cielo de un solo tajo para dejarlos caer, furtivos y silenciosos, en medio de la noche.
Recuerdo primero el presagio del sonido, un zumbido extraño y antinatural, semejante al de un enjambre de abejas forjadas en hierro. Después, al alzar la vista, vi las luces, pequeñas estrellas pálidas y frías que flotaban a voluntad sobre los tejados de terracota de Roma. Y entonces... cobijados por la sombra, vi a los hombres.
